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El acento de los otros

Other People's Accents

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1047 words

A sociolinguistic essay framed by a radio presenter’s experience, using rhetorical contrasts and shifts of register to question accent prejudice.

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La primera vez que le pidieron a Mara que hablara «sin acento», creyó que le estaban pidiendo bajar la voz. Redujo el volumen, repitió la explicación y recibió una sonrisa paciente: no era eso. Había llegado a la ciudad para trabajar en una emisora y conocía perfectamente la lengua de sus compañeros. Lo que desconocía era el acuerdo tácito por el cual unas pronunciaciones podían circular sin presentación, mientras otras debían mostrar sus documentos. El director le aseguró que su voz tenía carácter. Después añadió que, para las noticias, convenía que ese carácter se notara menos. El acento suele aparecer en boca ajena. Quien sostiene que carece de él no describe una ausencia de rasgos, sino la fortuna de que los suyos hayan dejado de llamar la atención. También habla desde algún lugar, alarga ciertas vocales, distribuye los énfasis y resuelve las consonantes según hábitos aprendidos. Pero esos hábitos coinciden con los que su entorno espera o ha convertido en referencia. Se parecen a los muebles de una casa: quienes viven allí apenas los ven; el visitante descubre enseguida dónde puede tropezar. La familiaridad se disfraza fácilmente de transparencia. Hay dificultades de comprensión reales. Sería poco sensato negar que una velocidad inhabitual, determinados sonidos o una palabra desconocida puedan exigir un esfuerzo adicional. Sin embargo, ese esfuerzo no demuestra por sí solo que la voz tenga un defecto. Describe una relación entre quien habla y quien escucha. Un oyente puede necesitar tiempo para reconocer una pronunciación, del mismo modo que necesita tiempo para orientarse en una calle nueva. Llamar incorrecta a la calle porque no recuerda dónde gira resulta extraño; llamar incorrecta a una voz porque todavía no sabe seguirla parece, a muchos, perfectamente razonable. La emisora ofreció a Mara varias sesiones de entrenamiento. Ella aceptó: quería aprender a respirar mejor, colocar las pausas y evitar que el final de cada noticia se precipitara. Esos cambios le resultaban útiles porque podía identificar el problema que resolvían. La instrucción de «neutralizarse», en cambio, no señalaba un obstáculo concreto. Le pedía aproximarse a una voz cuyo modelo nadie enunciaba con precisión. Cuanto más intentaba obedecer, más pendiente estaba de vigilarse. Una locutora que antes atendía al sentido acabó escuchándose desde fuera, como si llevara en el oído un supervisor diminuto. La neutralidad tiene, por eso, una curiosa geografía. Lo que pasa inadvertido en una capital puede sonar muy marcado en otra; lo que un estudio considera elegante puede parecer afectado en una conversación doméstica. El supuesto centro de la lengua viaja con quien lo invoca. No deja de ser útil que una institución elija ciertas convenciones para su trabajo. Lo discutible empieza cuando presenta esa elección como la desaparición de todas las elecciones posibles. Al oyente se le promete una voz sin procedencia, cuando en realidad se le ofrece una procedencia suficientemente prestigiosa para no tener que declararse. Mara descubrió que la objeción tampoco afectaba por igual a todos los espacios. Su manera de hablar gustaba en las entrevistas culturales y resultaba «demasiado personal» en los boletines económicos. Una misma entonación podía comunicar cercanía o restar autoridad según lo que estuviera diciendo. Nadie la acusaba abiertamente de incompetencia. El juicio llegaba envuelto en adjetivos amables: cálida, espontánea, pintoresca. A fuerza de elogios, la apartaban de los asuntos serios. Había voces destinadas a aportar información y voces a las que se permitía aportar color, siempre que no confundieran una función con la otra. No toda adaptación implica una renuncia. Podemos hablar más despacio con un estudiante, evitar una expresión local en una reunión internacional o escoger un registro formal para una declaración pública. Esa flexibilidad amplía los recursos del hablante. La imposición empieza cuando solo una parte debe adaptarse y el costo de negarse es perder oportunidades. La misma modificación sonora puede ser un puente o una frontera, según quién la solicite, quién determine que ya basta y quién tenga derecho a conservar sus propias costumbres. El sonido no lleva escritas esas condiciones; hace falta examinar la escena. También la escuela participa en esa distribución. Enseñar una variedad habitual en textos y trámites puede facilitar el acceso a espacios importantes. Sería injusto privar a un alumno de esa herramienta por miedo a favorecer una norma. Pero aprender otra posibilidad no exige declarar averiada la primera. Un docente puede explicar que cierta forma corresponde a un uso regional y mostrar una alternativa más extendida sin convertir la conversación familiar en motivo de vergüenza. La diferencia pedagógica es pequeña en apariencia: «aquí te servirá esto» abre un recurso; «en tu casa lo dicen mal» cierra una pertenencia. La situación cambió en la emisora cuando faltó el presentador principal y Mara tuvo que leer un boletín urgente. Recibieron dos mensajes sobre su pronunciación y varios sobre la claridad con que había explicado la noticia. El director señaló los primeros. Ella preguntó si las quejas identificaban alguna información incomprensible. No lo hacían: una persona decía que aquella voz no parecía «de aquí»; la otra la comparaba con una tía que hablaba demasiado. Eran impresiones verdaderas, seguramente, pero no describían errores profesionales. Por primera vez discutieron qué estaban corrigiendo cuando creían corregir un acento. No alcanzaron un acuerdo definitivo. El director defendió que reconocer una voz familiar ayuda a confiar en ella. Mara respondió que la familiaridad necesita ocasiones para construirse: si una voz se excluye porque aún resulta extraña, continuará resultando extraña indefinidamente. Aceptaron revisar grabaciones y distinguir las dificultades verificables de las preferencias. Ese procedimiento no eliminó las jerarquías de la emisora, pero obligó a nombrarlas. La locutora conservó algunos cambios del entrenamiento y abandonó otros. Dejó de entender cada marca propia como una deuda que debía pagar antes de empezar a hablar. Al escucharla meses después, un compañero comentó que ya casi no tenía acento. Mara sonrió y le preguntó si no sería él quien había aprendido a oírla. El compañero tardó en contestar. Quizá ambas cosas hubieran ocurrido: las voces cambian cuando encuentran a otros, y los oídos también, aunque raras veces se les atribuya ese trabajo. No hace falta convertir cada preferencia auditiva en una acusación para advertir la responsabilidad del oyente. Basta concederle a una voz el tiempo que se concede a una idea difícil. A veces la claridad empieza cuando dejamos de exigir que todo lo distinto desaparezca.