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El día en que vaciamos el piso de mi tío, mi prima propuso guardar hasta los recibos del agua. No por afán contable: temía que desechar cualquier cosa equivaliera a desecharlo a él. Sobre la mesa se amontonaban cartas, llaves sin puerta conocida y fotografías de personas cuya identidad nadie lograba precisar. Cada objeto parecía exigirnos una lealtad distinta. Al cabo de dos horas habíamos empaquetado casi todo y decidido casi nada. Fue entonces cuando apareció una caja con la palabra «olvidar» escrita en la tapa. Dentro no había nada. Nos reímos, aunque aquella broma póstuma nos dejaba un trabajo bastante serio.
Se habla del olvido como de una habitación saqueada: alguien o algo nos habría quitado lo que legítimamente nos pertenecía. La memoria, en cambio, se presenta como una casa bien defendida. La comparación seduce porque permite repartir virtudes con facilidad. Recordar sería custodiar; olvidar, desertar. Pero una vivienda en la que no se permite retirar ningún mueble acaba resultando inhabitable. El problema no consiste solamente en cuánto pasado cabe dentro, sino en qué espacio deja para moverse. Mi tío, que conservaba tornillos en frascos de mermelada, parecía haber comprendido por lo menos la segunda mitad del problema.
Conviene distinguir, antes de elogiar nada, entre la pérdida involuntaria y el desprendimiento deliberado. A quien olvida una dirección contra su voluntad no le sirve que le ofrezcan una teoría del alivio. Tampoco cabe pedir a una víctima que archive su dolor para hacer más agradable la conversación de los demás. Ese olvido exigido tiene beneficiarios demasiado reconocibles. Una cosa es dejar de cargar personalmente con un episodio; otra, permitir que desaparezca la responsabilidad de quienes lo causaron. Confundirlas equivale a llamar descanso al silencio que alguien impone desde fuera.
El olvido del que hablo se parece más al trabajo de un jardinero que al de un censor. No decide que una rama jamás haya existido; reconoce que, si todas continúan creciendo sin límite, el árbol perderá la luz. Hay recuerdos cuya presencia constante impide distinguir lo que ahora sucede de lo que sucedió alguna vez. Quien vivió una traición puede acabar oyéndola en cada promesa nueva. No le falta inteligencia para apreciar las diferencias: le sobra vigilancia. Olvidar, en ese caso, quizá no signifique borrar el hecho, sino retirarle la autoridad de interpretar por adelantado toda experiencia posterior.
Ni siquiera esta poda puede administrarse por decreto. La orden «supéralo» suele revelar la impaciencia de quien la pronuncia, más que una posibilidad real de quien la recibe. A veces la distancia llega mientras se hace otra cosa: se aprende un oficio, se cuida un animal, se atraviesa una ciudad desconocida. El recuerdo sigue ahí, pero ha dejado de ocupar el único asiento disponible. No existe una ceremonia que certifique ese cambio. Uno se descubre riendo y, después, se sorprende de no haberse sentido culpable por la risa. El pasado no ha sido absuelto; simplemente ha dejado de presidir la mesa.
Lo inquietante es que nuestra relación cotidiana con los archivos favorece la operación contraria. Un mensaje escrito a los diecisiete años puede reaparecer cuando su autor ya no reconoce ni el entusiasmo ni la torpeza que lo produjeron. La conservación se celebra como si hubiera eliminado toda pérdida, aunque rara vez conserva también el contexto. Sobrevive la frase; se extinguen la conversación, el gesto y la ocasión. Esa memoria parcial, orgullosa de su exactitud, obliga a una persona a responder eternamente por una versión de sí misma que los demás tampoco serían capaces de habitar.
No por ello habría que conceder a cualquiera la facultad de borrar lo que le incomoda. Un poderoso puede llamar «derecho a recomenzar» a la desaparición de una prueba. La diferencia entre el alivio y la impunidad no reside en lo elegante que suene la petición, sino en lo que otros necesitan saber para protegerse o reclamar lo debido. Allí donde persiste una obligación, el recuerdo no es una pertenencia exclusivamente privada. Sería absurdo exigir a una sociedad que renunciara a su archivo para que quienes contrajeron deudas morales pudieran presentarse como recién llegados.
Tal vez necesitemos, por tanto, dos velocidades: una para conservar pruebas y otra para conceder distancia. Podemos registrar que un hecho ocurrió sin organizar cada encuentro futuro alrededor de él. También podemos aceptar que una conducta cambió sin fingir que sus consecuencias se evaporaron. Lo difícil es sostener ambas afirmaciones cuando el juicio rápido ofrece tanta comodidad. O culpable para siempre, o inocente desde hoy: entre esos extremos queda el terreno menos vistoso de las reparaciones, el tiempo y la confianza que no vuelve entera, pero puede empezar a volver.
Mientras ordenábamos el piso, encontramos una carta que mi tío nunca había enviado. Contenía reproches minuciosos contra un amigo del que yo conservaba una imagen afectuosa. Mi prima quiso leerla en voz alta; a mitad del primer párrafo se detuvo. No sabíamos cuándo se había escrito ni si ambos se habían reconciliado. Guardarla como testimonio definitivo habría convertido un enfado en sentencia. Romperla nos parecía otra manera de decidir por ellos. La pusimos en un sobre aparte, con una nota que admitía nuestra ignorancia. También hay recuerdos que exigen menos veneración que prudencia.
Al terminar, cada cual eligió un objeto. Mi prima se quedó con una lámpara; yo, con el pequeño cuchillo con el que mi tío pelaba las manzanas sin romper la tira de piel. No nos llevábamos una representación completa de su vida, ni habríamos podido hacerlo aunque alquiláramos un almacén. Nos llevábamos algo que podía seguir entrando en la nuestra. Los recibos fueron al contenedor. Sentí una punzada de deslealtad y, enseguida, la sospecha de que aquella punzada también formaba parte del equipaje que habría que aprender a soltar.
La caja vacía quedó en la cocina hasta el último día. Antes de entregar las llaves, mi prima escribió debajo de «olvidar» una segunda palabra: «todavía». No supe si quería aplazar el olvido o recordarnos que nunca se acaba de aprender. Dejamos la caja allí. Quizá los nuevos inquilinos la tiraran sin mirarla; quizá encontraran útil aquel recipiente que no reclamaba contenido. Salimos con las manos ocupadas y el piso, al fin, transitable. Ninguno de los dos había olvidado a mi tío. Habíamos desistido, por unas horas, de la imposible obligación de guardarlo todo.