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Hablar del silencio en la música supone, de entrada, una paradoja apenas disimulada: ¿cómo abordar aquello que, por definición, no suena? Y, sin embargo, toda partitura digna de su nombre reposa tanto en las notas como en los intervalos que las separan.
El silencio no es mera ausencia, sino materia activa, pausa que otorga sentido, respiración que articula el discurso sonoro. Pensemos, si no, en la tensión que precede a un gran tutti sinfónico, o en la suspensión que sigue a un adagio: en ambos casos, lo que no se ejecuta resulta tan elocuente como lo que resuena.
Cabria decir, en última instancia, que la música habita el silencio tanto como lo interrumpe, y que quien no sabe callar tampoco sabe hacer sonar.
Acaso por ello las tradiciones más exigentes hayan cultivado, junto al virtuosismo del sonido, una suerte de virtuosismo de la espera, esa capacidad sutil de diferir el gesto hasta el instante preciso en que, finalmente, callar y tocar se vuelven un solo acto.