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Puerto del Alba aparecía en las guías como una ciudad de tres calles. Los visitantes recorrían el puerto, fotografiaban la iglesia y compraban un recuerdo antes de marcharse. Los comerciantes agradecían las ventas, pero los vecinos soportaban el ruido de grupos que llegaban juntos y ocupaban cada acera. El ayuntamiento propuso una aplicación que mostrara rutas por barrios menos conocidos.
La aplicación incluía los antiguos molinos, varios talleres de cerámica y una zona de huertos. Según el equipo responsable, repartir las visitas daría oportunidades a otros negocios y reduciría la presión del centro. El mapa parecía una solución sencilla: bastaba con enseñar lugares distintos para cambiar el recorrido. Sin embargo, sus primeras reuniones mostraron que una ruta también podía llevar un problema de una calle a otra.
Elisa, dueña de una tienda del puerto, temía perder clientes. En cambio, un camarero del barrio de los molinos esperaba que algún visitante se detuviera por fin en su cafetería. Ninguno podía saber cuántas ventas produciría la aplicación. Aunque tenían intereses diferentes, ambos pidieron que el ayuntamiento no confundiera el número de visitas con un beneficio seguro para los negocios.
Las asociaciones vecinales plantearon otra cuestión. Algunas rutas atravesaban calles donde las familias tendían la ropa y los niños jugaban después de clase. Una vecina preguntó si su patio debía convertirse en una fotografía recomendada. No rechazaba a los turistas; quería poder abrir una ventana sin sentirse parte de una exposición. El equipo comprendió que mostrar una dirección no era una decisión neutral.
Antes de publicar la aplicación, se acordó una prueba de tres meses. Los talleres elegirían sus horarios y el tamaño de los grupos. Las rutas evitarían las calles escolares a la hora de entrada y no incluirían patios particulares. Además, los vecinos podrían comunicar problemas y pedir cambios. Si un recorrido resultara demasiado concurrido, se revisaría sin esperar al final de la temporada.
Noelia, una ceramista, aceptó recibir visitantes dos tardes por semana. Al principio pensaba que interrumpirían su trabajo; después descubrió que algunos querían escuchar cómo preparaba el barro. No todos compraban una pieza, pero varios reservaron una clase. Por el contrario, la ruta de los molinos produjo quejas: algunos visitantes esperaban encontrar un restaurante al final de un paseo que nunca había prometido ese servicio.
El ayuntamiento mejoró la información sobre la distancia y los lugares de descanso. También cambió una ruta que pasaba por una calle estrecha a la hora de cenar. Esos ajustes parecían pequeños, aunque alteraban la experiencia de quienes vivían allí. Orientar a los visitantes exigía explicar qué podían esperar y qué límites debían respetar, además de señalar un destino atractivo.
Cuando se revisaron los resultados, las cifras contaron solo una parte. Un taller había recibido pocas visitas y estaba satisfecho porque podía trabajar sin interrupciones. Una calle había atraído más personas y sus residentes pedían recuperar tranquilidad. Elisa seguía preocupada por sus ventas, pero propuso vender cerámica de Noelia en su tienda. La colaboración le parecía más útil que competir por cada recorrido.
La aplicación continuó con cambios y consultas periódicas. Puerto del Alba no logró repartir a todos los turistas de forma uniforme, ni convirtió cada barrio en una oportunidad comercial. Aprendió, en cambio, que un mapa podía invitar y limitar al mismo tiempo. Algunos lugares merecían ser conocidos; otros necesitaban permanecer fuera de la pantalla. La ciudad empezó a considerar a quienes aparecerían en cada ruta antes de decidir qué mostrar a quienes llegaban.